Alrededor de una taza de café conversamos, trabajamos y compartimos tiempo. Un recorrido por la dimensión social del café, de las coffeehouses otomanas a hoy.
Quedamos para tomar un café incluso cuando el café es casi lo de menos.
La frase dice mucho. Porque alrededor de una taza conversamos, esperamos, trabajamos, hacemos una pausa o simplemente compartimos tiempo. Y esa dimensión social del café no es precisamente nueva.
Una bebida que pronto salió de la taza
En la cultura otomana, los cafés se consolidaron como lugares donde reunirse, conversar, compartir noticias y leer. Esa relación entre café y vida social sigue siendo tan relevante que la UNESCO reconoce la cultura tradicional del café turco como Patrimonio Cultural Inmaterial, destacando precisamente su vínculo con la hospitalidad, la amistad y la conversación.
Cuando las coffeehouses se extendieron por Inglaterra durante el siglo XVII, ocurrió algo parecido. Además de beber café, sus clientes encontraban periódicos, libros, noticias comerciales y discusiones sobre ciencia, política o negocios. Algunas llegaron a convertirse en lugares habituales para miembros de la Royal Society y otras comunidades profesionales.
Eso sí, conviene evitar una visión demasiado romántica: aquellos espacios no eran igualmente accesibles para todo el mundo. Las mujeres, por ejemplo, quedaron generalmente excluidas de muchas coffeehouses inglesas y también existían diferencias sociales entre establecimientos.
El café sigue siendo una excusa
Han cambiado las cafeterías, las formas de prepararlo y nuestra manera de vivir. Pero algo permanece.
Un café puede marcar el comienzo de una conversación, acompañar una reunión o convertirse en esos diez minutos en los que dos personas dejan de hacer otras cosas para sentarse juntas.
Quizá por eso decimos "tomamos un café" cuando, muchas veces, lo que realmente queremos decir es "nos vemos".
Y ahí hay algo importante que ninguna receta explica: el café también se entiende por todo lo que ocurre alrededor de la taza.